jueves, mayo 22, 2008

Toby Dammit 3

Fellini y Ferrari
Hay algo mejor?

Il sorpasso

En castellano, pero...
Una de las grandes peliculas.

Fellini - I vitelloni

No te metas con los que trabajan!

Bella , eh?


La Lancia 'Aurelia' b24 (1955)

Cheap 1980 ies can be cool!

La piccola 'spartana', umile e geniale... Fiat Panda!


Venezia, ed altre cose strane...

La primera Fiat Multipla.


Fea pero valiosa. Fue una de los autos de mi familia en los '60.
La mitad de los taxis de Roma eran Multiplas...

Segunda generación, audáz en el design!



La multipla del año 1998
Única en su categoría
(y, en el futuro, se volverá a hablar de ella.)

Votada 'Auto más Féa del Año'
me parece maravillosa...
y sus soluciones interiores son únicas y geniales.

Fiat 600 'Jolly '


La Reina de Capri.
Porqué?
Era el Taxi de esta isla, y el único auto que 'vivía' en la isla.
Una vez vi una privada. Mi papá me contó que era de Aristotle Onassis, y que la había vista en su yacht, la 'Cristína'.
Hoy la compré en escala MUY reducida!

Forn to be Alive


Signorina Psyche Zenobia who lived near the Pantheon, and was a sweet little witch





Edgar Allan Poe

"En el nombre del Profeta... higos."
Voces del vendedor de higos Turco

Supongo que todo el mundo ha oído hablar de mí. Mi nombre es Signora Psyche Zenobia. Esto lo sé con seguridad. Sólo mis enemigos me llaman Suky Snobbs. Me han asegurado que Suky es una vulgar corrupción de Psyche, que es una palabra griega que significa "el alma" (esa soy yo, soy toda espíritu) y, a veces, "una mariposa", lo que, sin duda, alude al aspecto que tengo con mi nuevo traje de satén carmesí, con el mantelet árabe azul cielo y las orlas de agraffas verdes, y los siete faralaes de aurículas de color naranja. En cuanto a Snobbs..., cualquier persona que se tomara la molestia de mirarme dos veces se daría cuenta de que mi nombre no es Snobbs. Miss Tabitha Turnip propagó ese rumor, movida por pura envidia. ¡Precisamente Tabitha Turnip! ¡La pobre infeliz! Pero, ¿qué se podía esperar de un nabo como ella? Me pregunto si conocerá el viejo adagio acerca de "sacar sangre de un nabo", etcétera (recordar: decírselo en la primera ocasión que surja, recordar también tirarle de las narices). ¿Por dónde iba? ¡Ah! Me han asegurado que Snobbs no es más que una corrupción de Zenobia, y que Zenobia fue una reina (igual que yo. El Doctor Moneypenny siempre me llama la Reina de Corazones), y que Zenobia, al igual que Psyche, es griego del bueno, y que mi padre era "un griego", y que, en consecuencia, tengo derecho a mi patronímico, que es Zenobia, y no Snobbs. La única que me llama Suky Snobbs es Tabitha Turnip; yo soy la Signora Psyche Zenobia.

Ilustraciones: M.C. Escher
Como ya dije antes, todo el mundo ha oído hablar de mí. Yo soy esa Signora Psyche Zenobia, tan justamente célebre como secretaria corresponsal de la "Asociación Singular, Operativa, Moral de Bellas y Retoños, Oficial de Salmodias Originales, Libros, Odontólogos, Tratados, Estudios, Ditirambos, En Azote, de la Zafiedad, Universal, Localizada". El Doctor Moneypenny fue el que se inventó el nombre, y dice que lo eligió así porque suena grandioso, como un tonel de ron vacío. (Es un hombre vulgar, que a veces..., pero es un hombre profundo.) Todos ponemos las iniciales de la sociedad detrás de nuestros nombres, como lo hacen los miembros de la R.S.A. (Real Sociedad de las Artes), de la S.D.U.K. (Sociedad para la Difusión de Conocimientos Utiles), etcétera. El Doctor Moneypenny dice que la "S" viene de rancio, y que "D.U.K." quiere decir pato (lo que no es cierto), y que lo que significa "S.D.U.K." es pato rancio, y no la sociedad de lord Brougham, pero, por otra parte, el Doctor Moneypenny es un hombre tan raro, que nunca se sabe seguro cuándo está diciendo la verdad. En cualquier caso, siempre añadimos al final de nuestros nombres las siglas A. S. O. M. B. R. O. S. O. L. O. T. E. D. E. A. Z. U. L. Es decir, "Asociación Singular Operativa, Moral, De Bellas y Retoños, Oficial de Salmodias Originales, Libros, Odontólogos, Tratados, Estudios, Ditirambos, En Azote, de la Zafiedad, Universal, Localizada", una letra por cada palabra, lo que introduce una clara mejora con respecto a lord Brougham. El Doctor Moneypenny insiste en que las iniciales son toda una definición de nuestro verdadero carácter, pero que me aspen si sé a lo que se refiere.

A pesar de los buenos oficios del doctor y de los enormes esfuerzos que hizo la asociación para hacerse notar, no tuvo un gran éxito hasta que yo me uní a ella. La verdad es que los miembros utilizaban un tono excesivamente frívolo en sus discusiones. Los papeles que se leían todos los sábados por la tarde se caracterizaban más por su estupidez que por su profundidad. No eran más que un revoltillo de sílabas. No existía ninguna investigación acerca de las causas primeras, de los primeros principios. De hecho, no existía investigación alguna acerca de nada. No se prestaba ninguna atención al grandioso aspecto de la "Adecuación de las Cosas". En pocas palabras, no había nadie que escribiera cosas tan bonitas como éstas. Era todo de bajo nivel, ¡mucho! Carecía de profundidad, de erudición, de metafísica, no había nada de lo que los eruditos llaman espiritualidad y que los incultos han decidido estigmatizar llamándolo jerga. (El doctor M. dice que "jerga" se escribe con "j" mayúscula, pero yo sé lo que me hago.)

Cuando me uní a la sociedad, mi propósito era introducir un mejor estilo tanto en el pensamiento como en los escritos, y todo el mundo sabe hasta qué punto he tenido éxito. Conseguimos ahora tan buenas publicaciones en la A. S. O. M. B. R. O. S. O. L. O. T. E. D. E. A. Z. U. L. como se puedan encontrar incluso en Blackwood. Digo Blackwood, porque me han asegurado que la mejor literatura sobre cualquier tema es la que aparece en las páginas de la tan justamente celebrada revista. La utilizamos ahora como modelo para todos nuestros temas, y, en consecuencia, estamos consiguiendo una gran notoriedad a gran velocidad. Y, después de todo, tampoco es tan difícil componer un artículo con el sello de Blackwood, siempre y cuando uno se tome la cuestión con seriedad. Por supuesto que no me refiero a los artículos políticos. Todo el mundo sabe cómo se hacen éstos, desde que el Doctor Moneypenny nos lo explicó. El señor Blackwood tiene unas tijeras de sastre y tres aprendices a sus órdenes. Uno de ellos le alcanza el Times, otro el Examiner y el tercero el "Nuevo compendio de Argot Moderno de Gulley". El señor B. se limita a cortar y entremezclar. Eso queda hecho rápidamente. Todo consiste en mezclar un poco del Examiner, "Argot Moderno" y el Times, después otro poquito del Times, "Argot Moderno" y del Examiner y después del Times, el Examiner y "Argot Moderno".

Pero el mérito fundamental de la revista radica en la variedad de sus artículos; y de, entre éstos, los mejores vienen bajo el encabezamiento de lo que el señor Moneypenny llama las "Bizarreríes" (lo que quiera que pueda significar eso), y el resto de la gente llama las intensidades. Este es un tipo de literatura que aprendí a apreciar hace largo tiempo, aunque sólo a raíz de mi última visita al señor Blackwood (como representante de la sociedad) he llegado a conocer el método exacto de su creación. El método es muy sencillo, aunque no tanto como el de los artículos políticos. Cuando llegué a ver al señor B. y una vez que le hice saber los deseos de la Sociedad, me recibió con gran cortesía, llevándome a su estudio y dándome una clara explicación de la totalidad del proceso.

Mi querida señora ­dijo él, evidentemente impresionado por mi aspecto majestuoso ya que llevaba puesto el traje de satén carmesí, con las agraffas verdes y las aurículas de color naranja.

Mi querida señora ­dijo él­, siéntese. La cuestión parece ser ésta: en primer lugar, su escritor de intensidades debe utilizar una tinta muy negra, y una pluma muy grande, con un plumín muy romo. ¡Y fíjese usted bien, Miss Psyche Zenobia! ­continuó, después de una pausa, con gran energía y solemnidad­. ¡Fíjese usted muy bien! ¡Esa pluma jamás-debe-ser-arreglada! Ahí, madame, está el secreto, el alma de la intensidad. Yo me atrevo a decir que ni un solo individuo, por muy genial que haya sido, ha escrito jamás con una buena pluma, entiéndame usted, un buen artículo. Puede usted partir del supuesto de que cuando un manuscrito se puede leer, no vale la pena leerlo. Este es el principio guía de nuestra fe, y si no está usted de acuerdo con él, habremos de dar por terminada nuestra entrevista.

Hizo una pausa. Pero como yo, por supuesto, no tenía ningún deseo de dar por terminada la entrevista, acepté aquella proposición tan evidente, que era además una verdad de la que había sido consciente desde siempre. El pareció satisfecho y siguió con su perorata.


Puede parecer pedante por mi parte, Miss Psyche Zenobia, el recomendarle un artículo, o una serie de artículos a guisa de modelo o materia de estudio, y aun así, no obstante, tal vez fuera lo mejor que le señalara unos cuantos casos. Veamos. Estaba el "muerto viviente", ¡algo fantástico! Era el relato de las sensaciones de un caballero que había sido enterrado antes de que la vida hubiera abandonado su cuerpo... Estaba repleta de buen gusto, terror, sentimiento, metafísica y erudición. Hubiera uno jurado que su autor había nacido y había sido criado en el interior de un ataúd. También tuvimos las "Confesiones de un comedor de Opio". ¡Espléndido, realmente espléndido! Una imaginación gloriosa, filosofía profunda, agudas especulaciones, abundancia de fuego y de furia, todo bien sazonado con toques de lo ininteligible. Aquello era una cháchara de la buena y la gente se la tragó encantada. Tenían la impresión de que Coleridge era el autor, pero no era así. Fue creado por mi babuino preferido, Juniper, con la ayuda de una jarra de Hollands con agua, "caliente y sin azúcar". (Esto me hubiera costado trabajo creerlo si me lo hubiera contado una persona que no fuera el señor Blackwood, que me aseguró que era cierto.) Estaba también "El Experimentalista Involuntario", que trataba de un caballero que fue asado en un horno, y salió vivo y en buen estado, si bien, desde luego, muy hecho. Estaba también "El Diario de un Doctor Extinto", cuyo mérito radicaba en la presencia de magníficos disparates y una indiscriminada utilización del griego, ambos muy del gusto del público. También estaba "El hombre de la campana", que, dicho sea de paso, Miss Zenobia, es una obra que no puedo dejar de recomendar a su atención. Es la historia de una persona joven, que se queda dormida bajo el badajo de la campana de una iglesia y es despertada por el sonar de la campana tocando a funeral. El sonido le vuelve loco, y, en consecuencia, saca su cuadernito y nos describe sus sensaciones. Después de todo, lo fundamental son las sensaciones, que supondrán para usted diez guineas la página.Si desea usted escribir con fuerza, Miss Zenobia, preste minuciosa atención a las sensaciones.

Eso mismo haré, Mr. Blackwood ­dije yo.

¡Magnífico! ­replico­. Ya veo que es usted un discípulo de los que a mí me gustan. Pero debo ponerla au fait en conocimiento de los detalles necesarios para la composición de lo que podríamos llamar un genuino artículo de Blackwood con el sello de lo sensacional, del tipo que supongo que usted comprenderá que considero el ideal bajo cualquier circunstancia.

El primer requisito a cumplir es el meterse uno en una situación en la que nadie haya estado antes. El horno, por ejemplo... ese fue un verdadero éxito. Pero si no tiene usted a mano un horno, o una campana grande, y si no le resulta cómodo caerse desde un globo, o que se le trague la tierra en un terremoto, o quedarse atascada en una chimenea, tendrá que conformarse con imaginarse una situación semejante. Yo preferiría, no obstante, que viviera usted la experiencia en cuestión. Nada ayuda tanto a la imaginación como un conocimiento experimental del asunto a tratar. "La verdad es extraña", sabe usted, "más extraña que la ficción", aparte de ser mucho más apropiada.

Al llegar aquí le aseguré que tenía un magnífico par de ligas y que pensaba colgarme de ellas en la primera oportunidad.

¡Espléndido! ­replicó él­, hágalo; aunque ahorcarse está ya algo visto. Tal vez pueda usted hacer algo mejor. Tómese una buena dosis de píldoras de Brandreth y después venga a explicarnos sus sensaciones. No obstante, mis instrucciones se aplican exactamente igual a cualquier caso de desgracia o accidente, y es perfectamente fácil que antes de llegar a su casa, le golpeen en la cabeza, la atropelle un autobús o le muerda un perro rabioso, o se ahogue en una alcantarilla. Pero continuemos con lo que íbamos diciendo.

Una vez decidido el tema, debe usted tomar en consideración el tono o estilo de su narración. Existe, por supuesto, el tono didáctico, el tono entusiasta, el tono natural, todos suficientemente conocidos. Pero también está el tono lacónico, o seco, que se ha puesto de moda últimamente. Consiste en escribir con frases cortas. Algo como esto: Nunca se es demasiado breve. Nunca, demasiado mordaz. Siempre, un punto. Jamás, un párrafo.

También está el tono elevado, difuso e interjectivo. Algunos de nuestros mejores novelistas son adictos a este estilo. Todas las palabras deben ser como un torbellino, como una peonza sonora, y sonar de forma muy parecida, lo que suple muy bien a la falta de significado. Este es el mejor estilo que se debe adoptar cuando el escritor tiene demasiada prisa para pensar.

También es bueno el tono metafísico. Si conoce usted palabras ampulosas, ahora es el momento de utilizarlas. Hable de las escuelas Jónica y Eleática, de Architas, Gorgias y Alcmaeon. Diga algo acerca de lo subjetivo y de lo objetivo. Insulte, por supuesto, a un hombre llamado Locke. Desdeñe usted todo en general, y si algún día se le escapa algo un poco demasiado absurdo, no tiene porque tomarse la molestia de borrarlo, añada simplemente una nota a pie de página, diciendo que está usted en deuda por la profunda observación citada arriba con la "Kritik der reinem Vernunf", o con "Metaphysische Anfangsgründe der Naturwissenschaft". Esto le hará parecer erudita y... y... sincera.

Foto: Ouka
Lele/Everfoto
Hay varios otros tonos igualmente célebres, pero mencionaré tan sólo dos más, el tono trascendental y el tono heterogéneo. En el primero, todo consiste en ver la naturaleza de las cosas con mucha más profundidad que ninguna otra persona. Esta especie de don del tercer ojo resulta muy eficaz cuando se aborda adecuadamente. Leer un poco el Dial le ayudará a usted mucho. Evite usted en este caso las palabras altisonantes. Utilícelas lo más pequeñas posibles y escríbalas al revés. Ojee los poemas de Channing y cite lo que se dice acerca de un "pequeño hombrecillo gordo con una engañosa demostración de Can". Introduzca algo acerca de la Unidad Suprema. No diga ni una sola palabra acerca de la Dualidad Infernal. Sobre todo, trabaje con insinuaciones. Insinúelo todo, no afirme nada. Si tuviera usted el deseo de escribir "pan y mantequilla" no se le ocurra hacerlo de una forma directa. Puede usted decir todo lo que se aproxime al "pan y mantequilla". Puede hacer insinuaciones acerca del pastel de trigo negro, e incluso puede usted llegar a hacer insinuaciones acerca del "porridge", pero si lo que quiere usted decir de verdad es pan y mantequilla, sea usted prudente, mi querida Miss Psyche y bajo ningún concepto se le ocurra a usted decir "pan y mantequilla".

Le aseguré que jamás lo haría en toda mi vida. Me besó y continuó hablando:

En cuanto al tono heterogéneo, no es más que una juiciosa mezcla, a partes iguales, de todos los demás tonos del mundo, y consiste, por lo tanto, en una mezcla de todo lo profundo, extraño, grandioso, picante, pertinente y bonito.

Supongamos entonces que usted ya ha decidido el tema y el tono a utilizar. La parte más importante, de hecho, el alma de la cuestión, está aún por hacerse. Me refiero al relleno. No es lógico suponer que una Dama, ni tampoco un caballero, si a eso vamos, haya llevado la vida de un ratón de biblioteca. Y, no obstante y por encima de todo, es necesario que el artículo tenga un aire de erudición, o al menos pueda ofrecer pruebas de que su autor ha leído mucho. Ahora le explicaré cómo hay que hacer para lograr ese aire. ¡Fíjese! ­dijo, sacando tres o cuatro volúmenes de aspecto ordinario y abriéndolos al azar­. Echando un vistazo a casi cualquier libro del mundo, podrá usted percibir de inmediato la existencia de pequeñas muestras de cultura o de belespritismo, que son precisamente lo que hace falta para sazonar adecuadamente un artículo modelo Blackwood. Podría usted ir apuntando unos cuantos, según se los voy leyendo. Voy a hacer dos divisiones: en primer lugar, Hechos Picantes para la Elaboración de Símiles, y, en segundo lugar, Expresiones Picantes para Ser Introducidas Cuando la Ocasión lo Requiera. ¡Ahora escriba!

Y yo escribí lo que él dictaba.

HECHOS PICANTES PARA HACER SÍMILES. "Originalmente, no había más que tres musas, Melete, Mneme, Aoede: meditación, memoria y canto", Puede usted sacar mucho partido de ese pequeño hecho si lo utiliza adecuadamente. Debe saber que no es un hecho demasiado conocido y parece recherché. Debe usted poner mucha atención en ofrecer el dato con un aire de total improvisación.

Otra cosa. "El río Alpheus pasaba por debajo del mar y resurgía sin que hubiera sufrido merma la pureza de sus aguas." Un tanto manido, sin duda, pero si se adorna y se presenta adecuadamente, parecerá más fresco que nunca.

Aquí hay algo mejor. "El Iris Persa parece poseer para algunas personas un aroma muy fuerte y exquisito, mientras que para otras resulta totalmente carente de olor." Esto es espléndido y... ¡muy delicado! Se altera

un poco y puede dar un resultado prodigioso. Vamos a buscar algo más en el terreno de la botánica. Nada da mejor resultado que eso, especialmente con la ayuda de un poco de latín. ¡Escriba!

"El Epidendrum Flos Aeris, de Java. Tiene una flor de extraordinaria belleza y sobrevive aun cuando ha sido arrancada. Los nativos la cuelgan del techo y disfrutan de su fragancia durante años." ¡Esto es magnífico! Con esto ya tenemos suficientes símiles. Procedamos ahora con las expresiones picantes.

EXPRESIONES PICANTES. "La Venerable novela China Ju-kiao-li." ¡Espléndido! Introduciendo estas pocas palabras con destreza, demostrará usted su íntimo conocimiento de la lengua y literaturas chinas. Con la ayuda de esto posiblemente pueda usted arreglárselas sin el árabe, el sánscrito o el chicka-saw. No obstante, no se puede uno pasar sin algo de español, latín y griego. Tendré que buscarle algún pequeño ejemplo de cada uno. Cualquier cosa es suficiente, ya que debe usted depender de su ingenio para hacer que encaje en su artículo. ¡Escriba!

"Aussi tendre que Zaire", tan tierno como Zaire; en francés. Alude a la frecuente repetición de la frase la tendre Zaire, en la tragedia francesa que lleva ese nombre. Adecuadamente introducida demostrará no sólo su conocimiento de esta lengua, sino también la amplitud de sus lecturas y de su ingenio. Puede usted decir, por ejemplo, que el pollo que estaba comiendo (escriba un artículo acerca de cómo estuvo a punto de asfixiarse por culpa de un hueso de pollo) no resultaba del todo aussi tendre Zaire. ¡Escriba!

Ven muerte tan escondida,

Que no te sienta venir

Porque el placer de morir

No me torne a dar la vida

Miguel de Cervantes
Saavedra
Eso es español, de Miguel de Cervantes. Esto puede usted meterlo muy à propos, cuando esté usted en los últimos espasmos de la agonía por culpa del hueso de pollo. ¡Escriba!

"Il Pover' huomo che non se'n era accorto,

Andava combattendo, e era morto"

Esto, como sin duda habrá notado, es italiano, de Ariosto. Significa que un gran héroe, en el ardor del combate, sin darse cuenta de que estaba muerto, seguía luchando, muerto como estaba. La aplicación de esto a su propio caso es evidente, ya que espero, Miss Psyche, que dejará usted pasar al menos una hora y media antes de morir ahogada por el hueso de pollo. ¡Escriba, por favor!

"Und sterb', isch doch, so sterb'ich denn

Durch sie durch sie!"

Esto es alemán de Schiller. "Y si muero, al menos muero por ti... ¡por ti!" Aquí es evidente que se dirige usted a la causa de su desastre, el pollo. De hecho, ¿qué caballero (o si a eso vamos, qué dama) con sentido común no moriría, me gustaría saber, por un capón bien engordado de la raza Molucca, relleno de alcaparras y setas, y servido en una ensaladera con gelatina de naranja en mosaiques? ¡Escriba! (Los sirven preparados así en Tortoni's.) ¡Escriba, hágame el favor!

Aquí hay una bonita frase en latín, que además es rara (uno no puede ser demasiado recherché ni breve al hacer citas en latín, se está haciendo tan vulgar...): ignorantio elenchi. El ha cometido un ignorantio elenchi, es decir, ha comprendido las palabras de lo que ha dicho usted, pero no su contenido. El hombre es un tonto, ¿comprende? Algún pobre idiota al que usted se dirige mientras se ahoga con el hueso de pollo, y que, por lo tanto, no sabe de lo que estaba usted hablando. Tírele a la cara el ignorantio elenchi e instantáneamente le habrá usted aniquilado. Si osa replicar, puede usted hacerle una cita de Lucano (aquí está), que los discursos no son más que anemonae verborum, palabras anémona. La anémona, a pesar de sus brillantes colores, carece de olor. O si empieza a ponerse violento, puede caer sobre él con insomnia Jovis, el arrobamiento jupiteriano, una frase que Silius Itálicus (fíjese, aquí) aplica a las ideas pomposas y grandilocuentes. Esto, sin duda, le herirá en lo más vivo. No podrá hacer nada mejor que dejarse caer y morir. ¿Tendría usted la amabilidad de escribir?

En griego tenemos que buscar algo bonito, por ejemplo, algo de Demóstenes.

Anero jenwn cai paclin macesetai

Existe una traducción tolerablemente buena de esto en Hudibras,

"Porque aquel que huye puede volver a luchar.

Lo que jamás podría hacer el que ha sido muerto."

En un artículo Blackwood, nada queda tan bien como el griego. ¡Observe tan sólo, Madame, el aspecto astuto de esa épsilon! ¡Esa "pi" debería, sin duda, ser obispo! ¿Puede haber alguien más listo que esa omicrón? ¡Fíjese en esa tau! En pocas palabras, no hay nada como el griego para un artículo de verdadera sensación. En el caso presente, la aplicación que puede usted hacer de esto es de lo más evidente. Lance usted la frase, junto con algún terrible juramento y a modo de ultimátum al villano cabezota e inútil, que fue incapaz de comprender lo que le estaba diciendo en relación con el hueso de pollo. El aceptará la insinuación y se irá, puede usted estar segura.

Estas fueron todas las instrucciones que el Sr. B. pudo darme acerca de aquel tema, pero, en mi opinión, eran más que suficiente. Al cabo de un tiempo, fui capaz de escribir un genuino artículo de Blackwood y decidí seguir haciéndolo a partir de entonces. Al despedirnos, el Sr. B. me propuso comprarme el artículo una vez que lo hubiera escrito, pero como no podía ofrecerme más que cincuenta guineas por hoja, decidí que sería mejor dárselo a nuestra sociedad antes que sacrificarlo por una suma tan escasa. A pesar de su tacañería, el caballero tuvo todo tipo de consideración conmigo en los demás aspectos y me trató de hecho con la mayor educación. Sus palabras de despedida se grabaron profundamente en mi corazón, y espero recordarlas siempre con gratitud.

Mi querida Miss Zenobia ­me dijo con los ojos inundados de lágrimas­, ¿existe cualquier otra cosa que pueda yo hacer para favorecer el éxito de su laudable labor? ¡Déjeme reflexionar! Cabe dentro de lo posible que no pueda usted, en un cierto margen de tiempo, a... a... ahogarse, o... asfixiarse con un hueso de pollo, o... o... ahorcarse, o... ser mordida por un... ¡pero espere! Ahora que lo pienso, tenemos un par de espléndidos bulldogs en el patio, unos animales magníficos, se lo aseguro, salvajes y todo eso... de hecho, son justo lo que usted necesita. En cuestión de cinco minutos se la habrán comido entera, con todo y aurículas (aquí tiene usted mi reloj), y ¡piense usted tan sólo en las sensaciones! ¡Tom, Peter, aquí! Dick, maldito seas, deja salir a ésos ­pero como yo realmente tenía mucha prisa, y no podía perder ni un minuto más, tuve, muy para mi disgusto, que acelerar mi partida y, en consecuencia, me despedí inmediatamente, y de una manera algo más que brusca de lo que la cortesía recomienda en otras circunstancias.

Mi objetivo fundamental, una vez terminada mi visita al señor Blackwood, era el meterme en algún tipo de dificultad inmediatamente, siguiendo sus recomendaciones, y con ese propósito pasé la mayor parte del día vagando por Edimburgo, en busca de aventuras desesperadas, aventuras que fueran adecuadas a la intensidad de mis emociones, y que se adaptaran a las ambiciosas características del artículo que había decidido escribir. Durante esta excursión me acompañaba un sirviente negro, Pompey, y mi perrita faldera, "Diana", a la que había traído conmigo desde Filadelfia. No obstante, no fue hasta bien entrada la tarde cuando, por fin, tuve éxito en mi ardua empresa. Fue entonces cuando ocurrió un importante suceso, cuya sustancia y resultados son los referidos en el artículo de Blackwood que sigue.

Edgar Allan Poe (1809-1849), escritor y poeta estadounidense, autor, entre otras obras, de Una narración de Arthur Gordon Pym y La caída de la casa de Usher. El texto aquí incluido forma parte del libro Relatos cómicos.

miércoles, mayo 21, 2008

Proust: “Las enfermedades de las personas inteligentes son fruto, en su gran mayoría, de la inteligencia. Necesitan un médico que al menos sea consciente de eso”.

Poetas


martes, mayo 20, 2008

"There are many categories of scientists, people of second and third rank, who do their best, but do not go very far. There are also people of first class, who make great discoveries, fundamental for the development of science. But then there are the geniuses, like Galileo and Newton. Well, Ettore Majorana was one of them ..."

Enrico Fermi

Hace unos siglos


para los chusmas...

http://www.film.tv.it/photogallery.php/persona/9979/andrea-prodan/

La fascinante historia de Ettore,Enrico y los...





Algo para conocerlo a Ettore


El hombre que renunció a su destino
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1- Una de las pocas fotos conocidas de Ettore Majorana.2- Sciascia a fines de los años 80, a orillas del mediterraneo, el mismo mar sobre cuyas aguas desapareció majorana el 27 de marzo de 1938, cuando fue visto por ultima vez a bordo del barco que unía napoles con palermo. su desaparición cifra, para sciascia, un misterio científico que presagia la guerra mundial, la bomba atómica y los límites eticos del conocimiento.

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Por Juan Forn
En abril de 1938, en la sección Personas Buscadas de todos los grandes diarios italianos, se pedía información sobre el paradero de Ettore Majorana, siciliano de treinta y un años, visto por última vez el 27 de marzo anterior, en el barco que cruzaba diariamente de Nápoles a Palermo. Majorana era por entonces, a pesar de su juventud, profesor titular de física teórica en la Universidad de Nápoles. Enrico Fermi, el físico italiano que ganaría el Premio Nobel ese mismo año y luego se exiliaría en Estados Unidos e integraría el núcleo duro de científicos que desarrollaron la bomba atómica, dijo al enterarse de la desaparición de quien había sido fugazmente su discípulo, en Roma, unos años antes: “Hay varias clases de científicos. Están los de segundo y tercer orden, que hacen correctamente su trabajo. Están los de primer orden, que hacen descubrimientos que abonan el progreso de la ciencia. Y luego están los genios como Galileo o Newton. Pues bien, Ettore Majorana era uno de ellos”.
Lo curioso del caso es que Majorana no protagonizó ningún descubrimiento en su breve trayectoria como investigador, apenas publicó un par de artículos en vida (menos por iniciativa propia que por insistencia de sus colegas) y no dejó otros papeles póstumos que un largo ensayo que tenía muy poco que ver con la física teórica (trataba sobre la estadística como herramienta política contra el determinismo).
De hecho, ni siquiera fue para estudiar física que Majorana se trasladó de Sicilia a Roma: cursaba la carrera de ingeniería cuando uno de sus compañeros lo convenció de cambiar de carrera y postularse para integrar el legendario grupo de trabajo que Fermi había formado en el Instituto de Física, los “ragazzi di Via Panisperna”.
Hay personas cuya timidez las hace invisibles. Y hay personas que precisamente por no hablar atraen de modo estruendoso la atención sobre sí mismos, involuntariamente. Ese era el caso de Ettore Majorana –desde pequeño hasta el día de su desaparición–. La última carta que envió a su familia el día en que se perdió su rastro para siempre decía: “No vistáis de negro. Si es por seguir la costumbre, poneos alguna señal de luto, pero no más de tres días. Luego recordadme con vuestro corazón y, si podéis, perdonadme”. Veintiocho años antes, cuando aún no sabía leer, los adultos de la familia le hacían hacer cálculos de tres y cuatro cifras (multiplicaciones, divisiones, raíces cuadradas y cúbicas) delante de las visitas. El pequeño Ettore se metía debajo de la mesa, para concentrarse y para evitarse la exhibición también, y desde ahí daba los resultados, a los pocos segundos.
La corta y excéntrica vida de Majorana, su enigmática desaparición, el perfil que dibujaban su genialidad y su incomodidad con esa genialidad, fueron como un rodillazo en los cojones para la Italia de Mussolini. En el legajo judicial del caso, después de las dos notas de despedida que dejó Majorana (una a su familia, otra a su colega Corelli de la universidad), se suceden una afirmación de Fermi (“Con lo inteligentísimo que era, tanto si hubiera decidido desaparecer como hacer desaparecer su cadáver, lo habría logrado sin ninguna duda”), un asombroso aforismo del jefe de la policía fascista Arturo Bocchini (“A los muertos se los encuentra; son los vivos los que desaparecen”) y, a continuación, una sorpresiva anotación de puño y letra del mismísimo Duce: “Quiero que lo encuentren”. Subrayado dos veces.
Nunca lo encontraron. A pesar de las sugestivas evidencias que acercó la familia (Majorana llevaba encima su pasaporte y todos sus ahorros, que eran considerables y que había retirado esa mañana del banco, el día en que subió al vapor que hacía el trayecto Nápoles-Palermo, el día de su presunto suicidio; y por lo menos dos personas juraban haberlo visto semanas después de aquella misteriosa jornada), la policía italiana cerró, archivó y olvidó para siempre el caso en agosto de 1938.
Nada que fuese a intimidar a Leonardo Sciascia: un caso cerrado cuarenta años, con la mayoría de los posibles testigos muertos, o seniles, o imposibles de rastrear. A lo que había que sumarle el elemento siciliano: ese precipitador ambiental que pocas personas en Italia han explorado y enfrentado y retratado como Sciascia. Y precisamente por ahí empezó la magistral lección narrativa que nos ofrece en La desaparición de Majorana, el último de sus libros llegado a estas costas: ¿quién mejor que Majorana, alguien “oriundo de un lugar donde vivir contra la ciencia, o al menos sin ella, ha sido siempre lo normal”, alguien devenido científico y transplantado a Roma exclusivamente por su propia genialidad precoz, quién mejor que alguien así podía con su desaparición dar lugar a un mito, a un mito preventivo?, como agrega Sciascia.
Sabemos que a Sciascia lo pudieron siempre los relatos morales. Por lúdico, cínico o decontracté que logre sonar a nuestro oídos, sabemos que por debajo, en el fondo, al final, desembocaremos en un relato moral. Esa es su magia. Ese es su sino siciliano. Otros manejan la lupara; él maneja como nadie ese registro de las cien páginas y el chicotazo final (esas cien páginas que dan ganas de leer en voz alta de principio a fin, tan bien escritas están, tan llenas de inteligencia y belleza y verdad). Calvino y Pasolini lo admiraban por eso (también lo admiraban muchos otros, pero teniendo a esos dos qué necesidad hay de otros).
El relato moral que propuso Sciascia en esa oportunidad (porque el libro se publicó en Italia en 1975, aunque la traducción acabe de llegar a nuestras librerías) consistió en considerar a Majorana uno de esos científicos que sintieron la zozobra religiosa ante lo que alcanzaría indefectiblemente la ciencia –porque la ciencia no se sabría detener, no se querría detener, eso lo sabía cualquier científico–. Por eso desapareció Majorana en 1938: para no tener que inventar la bomba atómica –porque sabía que, si no se iba, no podría no inventarla.
Sciascia empieza La desaparición de Majorana por las primeras víctimas que tiene toda desaparición: los familiares del ausente y la ansiedad, la impaciencia, la decepción que se siente en esos casos ante la escasa voluntad y sagacidad y eficiencia de una policía que, ante una “desaparición con propósito de suicidio” (como se caratuló el caso Majorana) tiende a pensar que su tarea, su problema, se reduce a encontrar un cadáver o un loco. Porque nadie que deja dos notas suicidas (una, la carta a la familia; la otra, la carta a Corelli) no cumple después su cometido, salvo uno que tenga varios tornillos sueltos.
Sciascia lamenta que la rama napolitana de la policía fascista no supiera coincidir con Proust: “Las enfermedades de las personas inteligentes son fruto, en su gran mayoría, de la inteligencia. Necesitan un médico que al menos sea consciente de eso”. Para Bocchini y sus secuaces, en cambio, para el propio Mussolini, la voluntad de desaparecer de Majorana sólo podía deberse a la debilidad mental, a la sinrazón: se la volara o no después, había evidentemente perdido la cabeza.
Sin embargo, no hay una señal de desequilibrio en toda la vida de Majorana. Más bien todo lo contrario. Aunque no pueda hablarse de “normalidad” en su caso, hay una asombrosa serenidad en Majorana en relación con su “don”, desde la infancia hasta el momento de su desaparición. Serenidad y hasta pasividad también. Majorana no fue de los que, una vez “descubierto”, no pararon de brillar y asombrar. Ya incorporado al círculo selecto del Instituto de Física (después de ser abducido de la facultad de ingeniería), Majorana no desarrolló ni un solo proyecto. Es más: todas sus anotaciones y cálculos los hacía con un lápiz ínfimo en la marquilla de sus cigarrillos Macedonia, y cada vez que terminaba un paquete y lo arrojaba hecho un bollo, se despedía también de todas aquellas anotaciones. La única vez que no pudo con su genio, y verbalizó delante de sus colegas de la Via Panisperna la teoría de los protones y neutrones que casi dos años después formularía Heisenberg en Leipzig, se negó empecinadamente a ponerla en papel. Hasta que el alemán lo hizo –y cuando eso ocurrió, en lugar de mostrar desdén o envidia por Heisenberg, pasó a considerarlo una especie de amigo desconocido, “alguien que sin saber de él lo hubiera salvado de un gran peligro”.
De hecho, la única vez que Majorana pidió algo mientras estuvo en el Instituto de Física fue una beca para estudiar con Heisenberg en Leipzig. “Para que nos entendamos –dice Sciascia al respecto–, Heisenberg vivía el problema de la física y su papel como físico dentro de un vasto y dramático contexto de pensamiento. Era un filósofo.” Majorana tenía veinticuatro años cuando estuvo en Leipzig. Nadie sabe de qué hablaba con Heisenberg en las caminatas que hacían los dos solos. Los miembros sobrevivientes del grupo de Leipzig sólo recuerdan en silencio a aquel joven italiano, o contestando con monosílabos, tanto en las jornadas de trabajo como en las pocas veladas sociales a las que asistió.
Sciascia se atreve a imaginar aquellas conversaciones (“¿para qué, si no, se esforzó tanto Majorana por aprender alemán?”). Y nos dice al respecto: “En un mundo más humano, más justo y cuidadoso a la hora de elegir sus valores y sus mitos, la figura de Heisenberg nos parecería más digna que la de otros físicos que por esas mismas fechas trabajaban en energía atómica. Heisenberg no sólo no desarrolló la bomba atómica para Hitler sino que se pasó la guerra aterrado de que los otros, los del otro lado, estuvieran haciéndolo”. Y, como bien se sabe (en el libro Monstruos de buenas esperanzas, de Nicholas Mosley, comentado en estas páginas el año pasado, hay uno de los mejores relatos del hecho), ya en 1933 envió Heisenberg ese mensaje a los físicos ingleses, a través de su maestro Niels Bohr (lamentablemente, el viejo y sabio Bohr, que se sumió en un creciente misticismo en sus últimos años, no transmitió el mensaje, fuese porque no lo registró o porque no le creyó a Heisenberg).
Lo cierto es que, desde su regreso de Leipizg en 1933 hasta que se fue a Nápoles en 1937, Majorana apareció sólo una vez por el Instituto de Física. Y lo hizo para presentarse a concurso por la titularidad del grupo de trabajo cuando Fermi dejó el puesto (decidido como estaba a emigrar a Inglaterra o Estados Unidos en cuanto se diera la ocasión). El revuelo fue mayúsculo. El propio Fermi había reconocido delante del grupo la genialidad de Majorana, ¿pero depositar el trabajo de todos en manos de él? La solución, gestionada a toda velocidad entre gallos y medianoche, fue un decreto del Ministerio de Educación nombrando “por mérito” a Majorana titular de la cátedra de física teórica de la Universidad de Nápoles. Mejor mantenerlo ocupado enseñando.
Después de la desaparición de su hermano, Maria Majorana recordó haberle oído decir varias veces “que la física (o los físicos) iban por mal camino”. Y Corelli, el decano de la facultad napolitana con el cual Majorana conversaba largamente después de dar clase, dice haber tenido la impresión de que su joven colega “estaba trabajando en algo que le absorbía gran parte de su energía y de lo que evitaba hablar”.
El 26 de marzo de 1938, tres meses después de la llegada de Majorana a Nápoles, Corelli recibe en su domicilio una carta y un telegrama. La carta anuncia: “He tomado una decisión a estas alturas inaplazable. No es por egoísmo. Pero te pido perdón por traicionar tu confianza”. El telegrama, remitido con carácter de urgente y llegado unos minutos después que la carta, dice: “El mar me rechaza. No creas que soy una de esas jovencitas ibsenianas, porque es distinto. Renuncio a la docencia. Seguiremos en contacto”.
En la misma fecha fue despachada la carta a la familia. Recordemos: “Poneos alguna señal de luto, pero no más de tres días. Luego recordadme con vuestro corazón y, si podéis, perdonadme”. A la policía le pareció evidencia suficiente: Ettore Majorana habría tenido sus dudas pero acabó cumpliendo su propósito de arrojarse al mar desde el barco-correo nocturno que unía Nápoles y Palermo. Las corrientes de la bahía impidieron que se recuperara el cuerpo. Caso cerrado.
Sciascia termina su libro con una visita a un monasterio de clausura en el centro de Italia. Lo lleva un viejo amigo, el periodista Vittorio Nisticò, director del periódico comunista de Palermo, L’Ora, quien pasó por ese mismo monasterio de muy joven, como integrante de las tropas aliadas, y recuerda que uno de los monjes, que le ofreció comida cuando la patrulla de Nisticò hizo un alto en aquel monasterio, le había contado que entre los monjes de clausura había “un gran científico” que había elegido “retirarse del siglo”. Por lealtad esencial, no diré otra palabra sobre el formidable final de La desaparición de Majorana.
Les propongo, en cambio, un drástico cambio de registro. Pasemos de la afilada prosa de Sciascia a ese aquelarre verbal y visual que es la RAI. El popular programa Chi l’ha visto? (precursor del Gente que busca gente de Franco Bagnato) dedicó una de sus emisiones en el año 2006 la desaparición de Ettore Majorana. Créase o no, un equipo del programa se trasladó hasta Buenos Aires (“La pista argentina”) para entrevistar a un inspector de policía retirado de apellido Giménez, quien tras mirar brevemente una foto de Majorana tomada cuando éste tenía veintitantos años declaró muy suelto de cuerpo que lo había visto unas cuantas veces en los años ’60 (es decir, cuando Majorana habría tenido más de cincuenta años). A continuación, la madre de un tal Tullio Magliotti aseguró haber oído a su hijo hablar del tal Majorana por la misma época y, luego, la esposa de un tal Carlos Rivera rememoró un presunto encuentro de su marido con Majorana que habría tenido lugar en el Hotel Continental, donde se habría hospedado el científico por entonces. Al volver a piso, la conductora del programa, Federica Sciarelli, aseguró que continuarían las indagaciones en torno de “la pista argentina” y que pronto habría una nueva emisión sobre Majorana con más resultados.
Como la investigación de Chi l’ha visto se consideraba a sí misma “seria”, no incluyó en el programa otra hipótesis que se maneja sobre el misterio Majorana: que habría sido L’OmuCani, el “hombre-perro”, un vagabundo que erraba por las calles del pueblo siciliano Mazara del Vallo hasta que apareció muerto por causas naturales la mañana del 9 de julio de 1973. L’OmuCani ayudaba a los jóvenes del pueblo con sus tareas de ciencias y se ayudaba para caminar de un bastón con la fecha 5-agosto-906 tallada en él. Ettore Majorana había nacido el 5 de agosto de 1906.
La desaparición de MajoranaLeonardo Sciascia

domingo, mayo 18, 2008

Where art thou,Nacho?


Doris - Mi Camino

Doris were...

these tripsy/tipsy boys and girls.http://collect.myspace.com/music/popup.cfm?num=0&time=undefined&fid=88252161&uid=1&t=Q4qhRtJXcarb/Txw2jgcI qWuNpPpAYeA3zYi/ldyL5v LZ0pBzmyXGPql6QZ6EI20hUnUxOVtug1aCoQ3gRwg==d=ODgyNTIxNjFeMTIxMTEyMDM2NA==

Something by Doris (in no record)

http://collect.myspace.com/music/popup.cfm?num=2&time=undefined&fid=88252161&uid=1&t=Q4qhRtJXcarb/Txw2jgcI qWuNpPpAYeA3zYi/ldyL5v LZ0pBzmyXGPql6QZ6EI20hUnUxOVtug1aCoQ3gRwg==d=ODgyNTIxNjFeMTIxMTEyMDM2NA==

Unos monos (sin Gorila)

abstenerse de buscar significados politicos a la palabra 'Gorila', si?

early Czech animation marvel. Starewyzk

http://www.darkstrider.net/video/Stare01.mov

cliquear arriba para ver!

A day in the radio



la peqeña ciudad de Guilín,China



Underground empire


8"Achacandá"Doris



La psicodelia desde una visión enmarañada nos palpa y nos invitan a jugar. Las melodías de Doris detonan en el espacio y le dan forma a un caos acuático sin bordes ni marcos que provoca algo parecido al (t)error musical. Allí se incrustan sensaciones psicodélicas y místicas que toman cuerpo en trece aventuras parecidas a canciones. El resultado de este trabajo, producido por Nacho Rodríguez (cantante y guitarrista de la banda), da la sensación de que los integrantes de Doris nunca hubieran escuchado música. Todo suena raro, esquizoide, desbordado y sin equilibrio. Y allí radica su belleza, en esa desbordante capacidad de sorprender a los posibles escuchas. Bossa nova, arreglos de música clásica, cuarteto, rock enfermo, instantes delicados, guitarras que zumban un noise armonioso... todos los ingredientes en medidas inéditas forman el caldo curativo de Doris que fluye sin atascos por los oídos de los que se atreven a este mar de placer onírico. Con no poca precisión Andrea Prodan le mencionó a este cronista que Doris era lo de lo más recomendable de lo nuevo que había escuchado, hace ya tres años. Evidentemente el oído musical del conductor radial, actor y miembro de Maltratan Hamsters (proyecto basado en melodías vocales) está afinadísimo y adelantado. Mientras se escucha el disco de Doris la música se filtra en el cuerpo y las palabras emanadas hacen que las luces de la ciudad se difuminen en el horizonte. Por un instante todo es menos gris. El sol practica una danza lasciva alrededor de la luna hasta que la penetra. Y en el punto culmine estalla un río de colores sobre nosotros.

Lo mejorcito que los 'chicos' producen (lástima que Doris ya no existe)

Doris - Achacanda
Ultrapop
El 3er disco de Doris va tomando forma. Grabado y mezclado por Hernán Agrasar y Doris en distintas locaciones, el nuevo trabajo ha resultado en 13 tracks donde se lucen las voces de los 5 integrantes de la banda, canciones con instrumentaciones no convencionales, rock de guitarras, ambientes de a ratos oscuros, y de a ratos luminosos y optimistas. En síntesis, la suma de ingredientes con las que los impredecibles Doris cocinan su menú. Un fiel reflejo de sus contundentes presentaciones en vivo durante el 2005. El arte de tapa del disco correrá por cuenta de Jazmín Berakha, quien ilustró sus dos primeros discos, Doris (Ultrapop 2003) y Doyle, la opereta del gaucho drogado (Ultrapop 2004), que se está vendiendo muy bien en... ¡Japón!

Umberto Palazzo y 'Santo Niente'







Umberto, por lo que yo sepa el único Italiano que haya compuesto un tema sobre Luca.


El oscuro, hypnotizante "Luca Prodan" lo toca con su reconocida banda: Santo Niente.

Damo Suzuki


Harryhausen de los Rusos!

http://www.darkstrider.net/video/Phoenixbird.mov

visitenlo! www.darkstrider.net

Esta es la cara de Karel Zeman (1910-1989)


Coolie Cocktail


The Blues Sisters


Cissie, la semana pasada en La Marsa, Tunisie